jueves, 1 de marzo de 2012

El sacrificio de ser el número uno




Era una típica tarde de Febrero, ventosa y con nubes, no como aquella candente mañana de Febrero en la que Beatriz Viterbo falleció según contara Jorge Luis Borges en el Aleph.
En cada Febrero en que llegaban esa clase de días, tenia siempre ese pensamiento y ese disentimiento con que Febrero fuera candente.
Esta vez lo pensó mientras bajaba por la barranca de la Plaza San Martín, aquel lugar donde el General creo su inmortal cuerpo de Granaderos, pero claro, al bajar definitivamente la barranca, se encontraría con el innumerable arsenal de autos que atraviesan la Avenida del General y tenia que pensar en volver a su casa.
Cuando llego a la sucia parada, se encontró con una imagen habitual, atestada de gente y larguísima; y ese día, quien sabe porque, bueno, él si lo sabia, estaba mas cansado que nunca.
Se paro detrás de la larguísima fila y espero a que viniera el micro que lo llevaría una vez mas, fumo, pensó, se alegró, se inundó de trizteza, propia y ajena, pero por sobre todo, esperó.
Cuando vino el micro la larga fila empezó a marchar rumbo a su entrada, él pudo subir, pero no subió, esperó, mas allá de su cansancio inusitado; esperó porque no quería viajar parado, para poder viajar sentado había que hacer el esfuerzo de esperar.
En el termino de cuarenta minutos, pasaron otros dos micros y siguió esperando; veinte minutos después, vino otro, y ahí sí!!!! podía viajar sentado, pero siguió esperando.
El cuarto micro llegó exactamente dos horas y veinticuatro minutos después de haber pensado en esa horrible tarde de Febrero. Cuando finalmente pudo subir, fue el primero.- 



viernes, 6 de enero de 2012

Tercetos encadenados

Clarito pa que me entiendan:
si te dan gato por liebre
no compres lo que te vendan.

Que no te suban la fiebre
ni los becerros de oro
ni los niños del pesebre.

Con la zurda embiste el toro,
la culpa no es del judío
ni del negro ni del moro.

El PIB no es un monte pío,
pero que sepa la banca
que lo suyo es tuyo y mío.

Porque el futuro se estanca
cuando ronca el pensamiento
y el más acá se apalanca.

Lo digo como lo siento,
la vida es más complicada
que navegar contra el viento.

Trasnocha la madrugada,
quien no se atreve no moja,
casi todo es casi nada.

La caída de la hoja
despoja de lumbre y nido
al novio de la Pantoja.

Memoria de lo perdido,
tercetos encadenados
a la noria del olvido.

domingo, 16 de enero de 2011

El ahogado mas hermoso del mundo



Los primeros niños que vieron el promontorio oscuro y sigiloso que se acercaba por el mar, se hicieron la ilusión de que era un barco enemigo. Después vieron que no llevaba banderas ni arboladura, y pensaron que fuera una ballena. Pero cuando quedó varado en la playa le quitaron los matorrales de sargazos, los filamentos de medusas y los restos de cardúmenes y naufragios que llevaba encima, y sólo entonces descubrieron que era un ahogado.
Habían jugado con él toda la tarde, enterrándolo y desenterrándolo en la arena, cuando alguien los vio por casualidad y dio la voz de alarma en el pueblo. Los hombres que lo cargaron hasta la casa más próxima notaron que pesaba más que todos los muertos conocidos, casi tanto como un caballo, y se dijeron que tal vez había estado demasiado tiempo a la deriva y el agua se le había metido dentro de los huesos. Cuando lo tendieron en el suelo vieron que había sido mucho más grande que todos los hombres, pues apenas si cabía en la casa, pero pensaron que tal vez la facultad de seguir creciendo después de la muerte estaba en la naturaleza de ciertos ahogados. Tenía el olor del mar, y sólo la forma permitía suponer que era el cadáver de un ser humano, porque su piel estaba revestida de una coraza de rémora y de lodo.
No tuvieron que limpiarle la cara para saber que era un muerto ajeno. El pueblo tenía apenas unas veinte casas de tablas, con patios de piedras sin flores, desperdigadas en el extremo de un cabo desértico. La tierra era tan escasa, que las madres andaban siempre con el temor de que el viento se llevara a los niños, y a los muertos que les iban causando los años tenían que tirarlos en los acantilados. Pero el mar era manso y pródigo, y todos los hombres cabían en siete botes. Así que cuando se encontraron el ahogado les bastó con mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que estaban completos.
Aquella noche no salieron a trabajar en el mar. Mientras los hombres averiguaban si no faltaba alguien en los pueblos vecinos, las mujeres se quedaron cuidando al ahogado. Le quitaron el lodo con tapones de esparto, le desenredaron del cabello los abrojos submarinos y le rasparon la rémora con fierros de desescamar pescados. A medida que lo hacían, notaron que su vegetación era de océanos remotos y de aguas profundas, y que sus ropas estaban en piltrafas, como si hubiera navegado por entre laberintos de corales. Notaron también que sobrellevaba la muerte con altivez, pues no tenía el semblante solitario de los otros ahogados del mar, ni tampoco la catadura sórdida y menesteroso de los ahogados fluviales. Pero solamente cuando acabaron de limpiarlo tuvieron conciencia de la clase de hombre que era, y entonces se quedaron sin aliento. No sólo era el más alto, el más fuerte, el más viril y el mejor armado que habían visto jamás, sino que todavía cuando lo estaban viendo no les cabía en la imaginación.
No encontraron en el pueblo una cama bastante grande para tenderio ni una mesa bastante sólida para velarlo. No le vinieron los pantalones de fiesta de los hombres más altos, ni las camisas dominicales de los más corpulentos, ni los zapatos del mejor plantado. Fascinadas por su desproporción y su hermosura, las mujeres decidieron entonces hacerle unos pantalones con un pedazo de vela cangreja, y una camisa de bramante de novia, para que pudiera continuar su muerte con dignidad. Mientras cosían sentadas en círculo, contemplando el cadáver entre puntada y puntada, les parecía que el viento no había sido nunca tan tenaz ni el Caribe había estado nunca tan ansioso como aquella noche, y suponían que esos cambios tenían algo que ver con el muerto. Pensaban que si aquel hombre magnífico hubiera vivido en el pueblo, su casa habría tenido las puertas más anchas, el techo más alto y el piso más firme, y el bastidor de su cama habría sido de cuadernas maestras con pernos de hierro, y su mujer habría sido la más feliz. Pensaban que habría tenido tanta autoridad que hubiera sacado los peces del mar con sólo llamarlos por sus nombres, y habría puesto tanto empeño en el trabajo que hubiera hecho brotar manantiales de entre las piedras más áridas y hubiera podido sembrar flores en los acantilados. Lo compararon en secreto con sus propios hombres, pensando que no serían capaces de hacer en toda una vida lo que aquél era capaz de hacer en una noche, y terminaron por repudiarlos en el fondo de sus corazones como los seres más escuálidos y mezquinos de la tierra. Andaban extraviadas por esos dédalos de fantasía, cuando la más vieja de las mujeres, que por ser la más vieja había contemplado al ahogado con menos pasión que compasión, suspiró:
—Tiene cara de llamarse Esteban.
Era verdad. A la mayoría le bastó con mirarlo otra vez para comprender que no podía tener otro nombre. Las más porfiadas, que eran las más jovenes, se mantuvieron con la ilusión de que al ponerle la ropa, tendido entre flores y con unos zapatos de charol, pudiera llamarse Lautaro. Pero fue una ilusión vana. El lienzo resultó escaso, los pantalones mal cortados y peor cosidos le quedaron estrechos, y las fuerzas ocultas de su corazón hacían saltar los botones de la camisa. Después de la media noche se adelgazaron los silbidos del viento y el mar cayó en el sopor del miércoles. El silencio acabó con las últimas dudas: era Esteban. Las mujeres que lo habían vestido, las que lo habían peinado, las que le habían cortado las uñas y raspado la barba no pudieron reprimir un estremecimiento de compasión cuando tuvieron que resignarse a dejarlo tirado por los suelos. Fue entonces cuando comprendieron cuánto debió haber sido de infeliz con aquel cuerpo descomunal, si hasta después de muerto le estorbaba. Lo vieron condenado en vida a pasar de medio lado por las puertas, a descalabrarse con los travesaños, a permanecer de pie en las visitas sin saber qué hacer con sus tiernas y rosadas manos de buey de mar, mientras la dueña de casa buscaba la silla más resistente y le suplicaba muerta de miedo siéntese aquí Esteban, hágame el favor, y él recostado contra las paredes, sonriendo, no se preocupe señora, así estoy bien, con los talones en carne viva y las espaldas escaldadas de tanto repetir lo mismo en todas las visitas, no se preocupe señora, así estoy bien, sólo para no pasar vergüenza de desbaratar la silla, y acaso sin haber sabido nunca que quienes le decían no te vayas Esteban, espérate siquiera hasta que hierva el café, eran los mismos que después susurraban ya se fue el bobo grande, qué bueno, ya se fue el tonto hermoso. Esto pensaban las mujeres frente al cadáver un poco antes del amanecer. Más tarde, cuando le taparon la cara con un pañuelo para que no le molestara la luz, lo vieron tan muerto para siempre, tan indefenso, tan parecido a sus hombres, que se les abrieron las primeras grietas de lágrimas en el corazón. Fue una de las más jóvenes la que empezó a sollozar. Las otras, asentándose entre sí, pasaron de los suspiros a los lamentos, y mientras más sollozaban más deseos sentían de llorar, porque el ahogado se les iba volviendo cada vez más Esteban, hasta que lo lloraron tanto que fue el hombre más desvalido de la tierra, el más manso y el más servicial, el pobre Esteban. Así que cuando los hombres volvieron con la noticia de que el ahogado no era tampoco de los pueblos vecinos, ellas sintieron un vacío de júbilo entre las lágrimas.
—¡Bendito sea Dios —suspiraron—: es nuestro!
Los hombres creyeron que aquellos aspavientos no eran más que frivolidades de mujer. Cansados de las tortuosas averiguaciones de la noche, lo único que querían era quitarse de una vez el estorbo del intruso antes de que prendiera el sol bravo de aquel día árido y sin viento. Improvisaron unas angarillas con restos de trinquetes y botavaras, y las amarraron con carlingas de altura, para que resistieran el peso del cuerpo hasta los acantilados. Quisieron encadenarle a los tobillos un ancla de buque mercante para que fondeara sin tropiezos en los mares más profundos donde los peces son ciegos y los buzos se mueren de nostalgia, de manera que las malas corrientes no fueran a devolverlo a la orilla, como había sucedido con otros cuerpos. Pero mientras más se apresuraban, más cosas se les ocurrían a las mujeres para perder el tiempo. Andaban como gallinas asustadas picoteando amuletos de mar en los arcones, unas estorbando aquí porque querían ponerle al ahogado los escapularios del buen viento, otras estorbando allá para abrocharse una pulsera de orientación, y al cabo de tanto quítate de ahí mujer, ponte donde no estorbes, mira que casi me haces caer sobre el difunto, a los hombres se les subieron al hígado las suspicacias y empezaron a rezongar que con qué objeto tanta ferretería de altar mayor para un forastero, si por muchos estoperoles y calderetas que llevara encima se lo iban a masticar los tiburones, pero ellas seguían tripotando sus reliquias de pacotilla, llevando y trayendo, tropezando, mientras se les iba en suspiros lo que no se les iba en lágrimas, así que los hombres terminaron por despotricar que de cuándo acá semejante alboroto por un muerto al garete, un ahogado de nadie, un fiambre de mierda. Una de las mujeres, mortificada por tanta insolencia, le quitó entonces al cadáver el pañuelo de la cara, y también los hombres se quedaron sin aliento.
Era Esteban. No hubo que repetirlo para que lo reconocieran. Si les hubieran dicho Sir Walter Raleigh, quizás, hasta ellos se habrían impresionado con su acento de gringo, con su guacamayo en el hombro, con su arcabuz de matar caníbales, pero Esteban solamente podía ser uno en el mundo, y allí estaba tirado como un sábalo, sin botines, con unos pantalones de sietemesino y esas uñas rocallosas que sólo podían cortarse a cuchillo. Bastó con que le quitaran el pañuelo de la cara para darse cuenta de que estaba avergonzado, de que no tenía la culpa de ser tan grande, ni tan pesado ni tan hermoso, y si hubiera sabido que aquello iba a suceder habría buscado un lugar más discreto para ahogarse, en serio, me hubiera amarrado yo mismo un áncora de galón en el cuello y hubiera trastabillado como quien no quiere la cosa en los acantilados, para no andar ahora estorbando con este muerto de miércoles, como ustedes dicen, para no molestar a nadie con esta porquería de fiambre que no tiene nada que ver conmigo. Había tanta verdad en su modo de estar, que hasta los hombres más suspicaces, los que sentían amargas las minuciosas noches del mar temiendo que sus mujeres se cansaran de soñar con ellos para soñar con los ahogados, hasta ésos, y otros más duros, se estremecieron en los tuétanos con la sinceridad de Esteban.
Fue así como le hicieron los funerales más espléndidos que podían concebirse para un ahogado expósito. Algunas mujeres que habían ido a buscar flores en los pueblos vecinos regresaron con otras que no creían lo que les contaban, y éstas se fueron por más flores cuando vieron al muerto, y llevaron más y más, hasta que hubo tantas flores y tanta gente que apenas si se podía caminar. A última hora les dolió devolverlo huérfano a las aguas, y le eligieron un padre y una madre entre los mejores, y otros se le hicieron hermanos, tíos y primos, así que a través de él todos los habitantes del pueblo terminaron por ser parientes entre sí. Algunos marineros que oyeron el llanto a distancia perdieron la certeza del rumbo, y se supo de uno que se hizo amarrar al palo mayor, recordando antiguas fábulas de sirenas. Mientras se disputaban el privilegio de llevarlo en hombros por la pendiente escarpada de los acantilados, hombres y mujeres tuvieron conciencia por primera vez de la desolación de sus calles, la aridez de sus patios, la estrechez de sus sueños, frente al esplendor y la hermosura de su ahogado. Lo soltaron sin ancla, para que volviera si quería, y cuando lo quisiera, y todos retuvieron el aliento durante la fracción de siglos que demoró la caída del cuerpo hasta el abismo. No tuvieron necesidad de mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que ya no estaban completos, ni volverían a estarlo jamás. Pero también sabían que todo sería diferente desde entonces, que sus casas iban a tener las puertas más anchas, los techos más altos, los pisos más firmes, para que el recuerdo de Esteban pudiera andar por todas partes sin tropezar con los travesaños, y que nadie se atreviera a susurrar en el futuro ya murió el bobo grande, qué lástima, ya murió el tonto hermoso, porque ellos iban a pintar las fachadas de colores alegres para eternizar la memoria de Esteban, y se iban a romper el espinazo excavando manantiales en las piedras y sembrando flores en los acantilados, para que los amaneceres de los años venturos los pasajeros de los grandes barcos despertaran sofocados por un olor de jardines en altamar, y el capitán tuviera que bajar de su alcázar con su uniforme de gala, con su astrolabio, su estrella polar y su ristra de medallas de guerra, y señalando el promontorio de rosas en el horizonte del Caribe dijera en catorce idiomas: miren allá, donde el viento es ahora tan manso que se queda a dormir debajo de las camas, allá, donde el sol brilla tanto que no saben hacia dónde girar los girasoles, sí, allá, es el pueblo de Esteban.




 

sábado, 8 de enero de 2011

Conservación de los recuerdos

Los famas para conservar sus recuerdos proceden a embalsamarlos en la siguiente forma: Luego de fijado el recuerdo con pelos y señales, lo envuelven de pies a cabeza en una sábana negra y lo colocan parado contra la pared de la sala, con un cartelito que dice: «Excursión a Quilmes», o: «Frank Sinatra».
Los cronopios, en cambio, esos seres desordenados y tibios, dejan los recuerdos sueltos por la casa, entre alegres gritos, y ellos andan por el medio y cuando pasa corriendo uno, lo acarician con suavidad y le dicen: «No vayas a lastimarte», y también: «Cuidado con los escalones.» Es por eso que las casas de los famas son ordenadas y silenciosas, mientras en las de los cronopios hay gran bulla y puertas que golpean. Los vecinos se quejan siempre de los cronopios, y los famas mueven la cabeza comprensivamente y van a ver si las etiquetas están todas en su sitio.

viernes, 1 de octubre de 2010

Inspiración




Perdimos la inspiración
tan poco queda de razón
y nada hablás
y nada más
nos esta picando
una paloma en la cabeza
que pesa
las palmas suenan siempre
y moriría por algo mas.
 
Salimos del campo visual
creyendo que algo va a cambiar
tomás de más
no hay novedad
la ciudad termina
chocando con mi cabeza
que quema
va resbalando todo
como crema en las cerezas.
 
Que pena…

domingo, 26 de septiembre de 2010

Inventario de objetos



Un sobre de pensamientos positivos tal vez sea
una invitación o una simple factura de luz.
Un saco de trabajo, un traje de sueño, un traje de
esperanza o un traje para algún trabajo.
Un espejo de ilusión pero tal vez el reflejo de la
esperanza, una adopción o un simple lugar más en
el medio de algún mueble o un lugar privilegiado.
Dos ojos tristes llenos de esperanza esperando
tal vez otra mirada de compañía o de estar juntos
tal vez de estar emocionalmente feliz.
Un piano la grata compañía de teclados, una
simple nota o un conjunto de notas que se
asocian en los oídos.

Prensa del Asfalto HBA
 


domingo, 15 de agosto de 2010

Mi barrilete y yo




Era una tarde de otoño. Soplaba fuerte el viento del sur. El sol tibio y resplandeciente me impedía ver con claridad mi barrilete que luchaba contra el viento por un lugar del cielo. Logré subirlo bien alto, ya sin más hilo, lo até a un poste y me senté a disfrutarlo. Pensaba en lo bien que la estaba pasando, no era un viernes cualquiera. Mi mamá estaba tejiendo en la cocina, mi papá había ido al trabajo y mi hermana en el colegio. Me sentía un poco raro; normalmente, a esa hora, nunca estaba en casa; estaba en la escuela. Pero ese día, algo inusual había ocurrido.
Resulta que, como todos los mediodías, partimos de casa mi hermana y yo caminando las once cuadras que teníamos hasta la escuela. Llegamos y una vez en el patio mis compañeros me dieron la noticia: - ¡faltó la señorita!. Entramos al aula, éramos pocos los que quedábamos de 5° C, algunos compañeros ya se habían vuelto a sus casas sin decir una palabra. Nos sentamos y esperamos que alguien viniera a informarnos. A todo esto, pasaron algunos minutos, entonces me vino una idea, casi como un deseo, como un sueño posible de ser realizado: ¿y si me voy a casa?, pensé, la directora no me vió..., la maestra no vino..., además, si me quedo, me voy a aburrir, seguro que me van a mandar a otro salón, con una señorita queno conozco; en cambio allá en casa: ¡me podría poner a remontar mi barrilete! ¡Siiiiiiii!, qué bueno que estaría...!. Tomé mi portafolios y sin decir nada, me fuí. El portón de salida todavía estaba sin llave, caminé hasta casa lo más rápido que pude. Al llegar, le dije a mamá: -no vino la señorita y como muchos se volvieron a sus casas, yo también me vine. Ella lo tomó con naturalidad: -bueno, andá y ponete la ropa de entrecasa. Me cambié tan rápido como un relámpago y salí al jardín con mi barrilete. Y así fue como llegué a estar en casa un viernes por la tarde, en horario de colegio.
El lugar en que me encontraba sentado remontando mi barrilete era un lugar privilegiado: desde allí se podía ver perfectamente todo lo que pasaba en el jardín y en la calle. El jardín de la casa era muy grande, y tenía un tahjido a lo largo del frente que daba a kla calle, a través del cual se podía ver quienes pasaban caminando por la vereda.
De vez en cuando le hacía algunos sacudones al hilo para que el barrilete no perdiera latura, me entusiasmaba hacerlo, su vuelo era tan estable que podía permanecer varios minutos atado al poste sin tocarlo. Todo estaba saliendo muy bien, hasta que de pronto, vi a mi hermana secundada por la vicedirectora, caminando por la vereda y no era el horario de regreso del colegio aún. Algo estaba por pasar y presumí que tenía que ver conmigo. Salté como por un resorte y corrí, corrí ciegamente a esconderme en el galpón, y en el intento, me llevé por delante el hilo del barrilete atado al poste y se cortó: como una simbiosis extraordinaria, ambos estábamos escapando, cada cual como podía: yo a merced del miedo y el barrilete a merced del viento. Un raro sentimiento me alcanzaba: por un lado, lo de la escuela, por el otro, lo del barrilete, y pensar que hasta hace unos pocos minutos todo estaba tan bien... : -¡Oscaaaaaaar! - gritó mamá. Rápidamente acudí al llamado, esperando lo peor, fui hasta la puerta de calle en donde me esperaban las tres, la vicedirectora me dijo: -vinimos a ver si estabas acá, porque te retiraste del colegio sin autorización y nos preocupamos mucho, la próxima vez que hagas algo así serás sancionado.
La vicedirectora me reprendió por lo que había hecho y mi madre me puso en penitencia. Mi hermana regresó al colegio con la vicedirectora; y yo me quedé en casa, sin maestra, sin escuela y sin barrilete.
Al día siguiente, fui al almacen a comprar pan y le pregunté a Don Ignacio, el almacenero, si no sabía nada de un barrilete naranja con flecos blancos y verdes, y me dijo que lo vieron caer por la esquina, y que un tal Pablito, amigo mío, lo tenía en su casa.
Finalmente recuperé el barrilete, también a mi maestra y a la escuela. Ya no volví a irme sin permiso. De tanto en tanto me acuerdo de aquel día y vuelven a mi mente esos segundos en los que “ciegamente” me llevé todo por delante